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Impresiones Y Recuerdos...
€ 17,95 -
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El Viajador Sensible, Ã", Mi Paseo à Iverdun...
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€ 37,50 -
Ingenieria De Ferrocarriles
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Viaje al Centro de la Tierra
El domingo 24 de mayo de 1863, mi tío, el profesor Lidenbrock, regresó precipitadamente a su casa, situada en el número 19 de la König-strasse, una de las calles más antiguas del barrio viejo de Hamburgo. Marta, su excelente criada, se azaró de un modo extraordinario, creyendo que se había retrasado, pues apenas si empezaba a cocer la comida en el hornillo. «Bueno» pensé para mí, «si mi tío viene con hambre, se va a armar la de San Quintín porque dificulto que haya un hombre de menos paciencia». ¿¡Tan temprano y ya está aquí el señor Lidenbrock! ¿exclamó la pobre Marta, llena de estupefacción, entreabriendo la puerta del comedor. ¿Sí, Marta; pero tú no tienes la culpa de que la comida no esté lista todavía, porque aún no son las dos. Acaba de dar la media en San Miguel. ¿¿Y por qué ha venido tan pronto el señor Lidenbrock? ¿Él nos lo explicará, probablemente. ¿¡Ahí viene! Yo me escapo. Señor Axel, hágale entrar en razón. Y la excelente Marta se marchó presurosa a su laboratorio culinario, quedándome yo solo.
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Un Drama en Livonia
Aquel hombre estaba solo en la oscuridad de la noche. Caminaba con paso de lobo entre los bloques de hielo almacenados por los fríos de un largo invierno. Su pantalón fuerte, su khalot, especie de caftán rugoso de piel de vaca, su gorra con las orejeras bajas, apenas le defendían del viento. Dolorosas grietas resquebrajaban sus labios y sus manos. Los sabañones mortificaban sus dedos. Andaba a través de la oscuridad profunda, bajo un cielo cubierto de nubes bajas que amenazaban con copiosa nevada, a pesar de que la época en que comienza este relato era los primeros días de abril, si bien a la elevada latitud de 58 grados. Se obstinaba en seguir andando. Después de una parada, tal vez se viera imposibilitado de continuar su marcha.
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Robur el Conquistador
¡Pam! ¡Pam!Ambos tiros partieron casi a un tiempo. Y una vaca que pasaba a cincuenta pasos de distancia recibió una de las balas, a pesar que nada tenía que ver con la cuestión.Afortunadamente los dos adversarios resultaron ilesos.¿Pero quiénes eran aquellos dos caballeros? Se ignora y, sin embargo, hubiera sido aquélla una ocasión sin duda de guardar sus nombres para la posteridad. Todo cuanto se sabe es que el de más edad era inglés, y el otro, norteamericano. Lo que era fácil de indicar es el sitio en que el inofensivo rumiante había comido su último manojo de hierba. Era en la orilla derecha del Niágara, cerca de ese puente colgante que une la orilla de los Estados Unidos con la orilla canadiense, a unas tres millas más arriba de las cataratas.El inglés se acercó entonces al americano y le dijo: - ¡Sigo sosteniendo - ¡No! ¡Era YankeeLa disputa iba a interpuso; sin duda, enque era el Rule Britannia! Doodle!- replicó el otro.comenzar de nuevo, cuando uno de los testigos se interés del ganado, y dijo:- Supongamos que era el Rule Doodle y el Yankee Britannia, y vamos a almorzar.
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París en el Siglo XX
El 13 de octubre de 1960, una parte de la población de París se reunía en las numerosas estaciones del ferrocarril metropolitano, y se dirigía por los distintos ramales hacia el antiguo emplazamiento del Campo de Marte. Era el día de la distribución de premios en la Sociedad General de Crédito Instruccional, enorme establecimiento de educación pública. Su excelencia, el Ministro de Embellecimientos de París, debía presidir la ceremonia. La Sociedad General de Crédito Instruccional reflejaba perfectamente las tendencias industriales del siglo: lo que cien años antes se llamaba "progreso", había conseguido un desarrollo inmenso. El monopolio, ese non plus ultra de la perfección, tenía en sus garras al país entero; se multiplicaban las sociedades, se fusionaban, se organizaban; habrían asombrado a nuestros padres por sus inesperados resultados. No faltaba el dinero. Los ferrocarriles habían pasado de manos particulares a las del Estado. Abundaban los capitales y más aún los capitalistas a la caza de operaciones financieras o de negocios industriales.
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La Vuelta al Mundo en Ochenta Días
"La Vuelta al Mundo en Ochenta Días" es una novela de aventuras escrita por Julio Verne, publicada por primera vez en 1872. La historia sigue a Phileas Fogg, un caballero inglés meticuloso y reservado, que apuesta con los miembros de su club que puede dar la vuelta al mundo en solo ochenta días. Acompañado por su leal sirviente francés, Passepartout, Fogg emprende un viaje lleno de desafíos y contratiempos. La travesía los lleva a través de Europa, Asia, América y más, utilizando diversos medios de transporte como trenes, barcos y elefantes. A lo largo del camino, enfrentan obstáculos naturales, problemas técnicos y la persecución del detective Fix, quien sospecha que Fogg es un ladrón de bancos. La novela explora temas como la innovación tecnológica de la época, el choque cultural y la perseverancia. A medida que la historia avanza, los personajes desarrollan una relación más profunda, y Fogg demuestra que su apuesta no solo es una cuestión de dinero, sino también de honor y determinación personal. La obra es un reflejo del optimismo del siglo XIX hacia el progreso y la globalización, y sigue siendo una de las novelas más populares de Verne.
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La Isla del Tío Robinson
La porción más desértica del océano Pacífico es esa vasta extensión de agua, limitada por Asia y América al oeste, al este por las islas Aleutianas y las Sandwich al norte y al sur. Los barcos mercantes casi no se aventuran en este mar. No hay al parecer ningún punto en el que pudiera hacerse una escala de emergencia y las corrientes son allí caprichosas. Los buques de navegación de altura, que transportan productos desde Nueva Holanda hasta América Occidental, navegan en latitudes más bajas; sólo el tráfico entre Japón y California podría animar esta parte septentrional del Pacífico pero todavía no es muy importante. La línea transatlántica que hace el servicio entre Yokohama y San Francisco sigue un poco más abajo la ruta de los grandes círculos del globo. Se puede decir en consecuencia que allí, entre los cuarenta y los cincuenta grados de latitud norte, existe lo que se puede llamar "el desierto". Quizás algún ballenero se arriesga alguna vez en este mar casi desconocido pero cuando lo hace pronto se apresura a sortear la cintura de las islas Aleutianas a fin de penetrar en el estrecho de Bering, más allá del cual se refugian los grandes cetáceos, encarnizadamente perseguidos por el arpón de los pescadores.
€ 17,90