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  1. El Soberbio Orinoco
    1. Jules , Verne

    El Soberbio Orinoco

    ¿Verdaderamente, no hay motivo para que esta discusión no termine ¿ dijo Miguel, que procuraba interponerse entre los dos ardientes contrarios. ¿Pues bien, no acabará ¿respondió Felipe¿, al menos por el sacrificio de mi opinión a la de Varinas. ¿Ni por el abandono de mis ideas en provecho de Felipe ¿replicó Varinas. Desde hacía tres horas, los dos testarudos sabios disputaban, sin ceder un ápice, sobre la cuestión del Orinoco. Este célebre río del Sur de América, principal arteria de Venezuela, ¿se dirigía en su curso superior de Este a Oeste, como los mapas más recientes indicaban, o venía del Suroeste, y en este caso, el Guaviare o el Atabapo no debían ser considerados como afluentes? ¿Es el Atabapo el que es el Orinoco ¿afirmaba enérgicamente Felipe. ¿Es el Atabapo ¿afirmaba enérgicamente Felipe. ¿Es el Guaviare ¿afirmaba con no menos energía Varinas. La opinión de Miguel era la que han adoptado los modernos geógrafos. Según éstos, los manantiales del Orinoco están situados en la parte de Venezuela que confina con el Brasil y con la Guayana inglesa, de forma que este río es venezolano en todo su recorrido.

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  2. El Rayo Verde
    1. Jules , Verne

    El Rayo Verde

    -¡Bet! -¡Beth! -¡Bess! -¡Betsey! -¡Betty! Todos estos nombres resonaron sucesivamente en el magnífico vestíbulo de Helensburgh con arreglo a la costumbre del hermano Sam y del hermano Sib de llamar así al ama de llaves de la mansión. Pero en aquel momento los diminutivos familiares del nombre de Élisabeth no hicieron aparecer a la buena mujer ni tampoco si la hubieran llamado con su nombre entero. En cambio, el que apareció en la puerta del vestíbulo con la gorra en la mano fue el mayordomo Partridge en persona. Partridge se dirigió a los dos personajes de alegre semblante sentados en el alféizar de una ventana que hacía tribuna en la fachada de la casa: -Los señores han llamado a la señora Bess -dijo-, pero la señora Bess no está en casa. -¿Dónde está, pues, Partridge? -Ha salido acompañando a la señorita Campbell, que se pasea por el jardín. Y Partridge se retiró ceremoniosamente, obedeciendo una señal que le hicieron los dos hermanos. Estos dos hermanos, Sam y Sib -cuyo verdadero nombre de bautismo era Samuel y Sébastien-, tíos de la señorita Campbell, escoceses de pura cepa, escoceses de un antiguo clan de las Tierras Altas, contaban entre los dos la bonita edad de ciento doce años, con una diferencia sólo en quince meses entre el mayor Sam y el menor Sib.

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  3. El Pueblo Aéreo
    1. Jules , Verne

    El Pueblo Aéreo

    ¿ ¿Y el Congo americano? ¿inquirió Max Huber¿. ¿Acaso no falta agregar un Congo americano? ¿ ¿Para qué, mi querido Max?¿ le contestó John Cort¿. ¿Acaso nos faltan grandes extensiones en los Estados Unidos? ¿Qué necesidad hay de colonizar tierras en otros continentes cuando aún tenemos centenares de miles de kilómetros cuadrados de territorio virgen entre Alaska y Texas? ¿ ¡Pero si las cosas continúan así, las naciones europeas terminarán por repartirse África y nada quedará para tus compatriotas! ¿Ni los norteamericanos ni los rusos tienen nada que hacer en el Continente Negro ¿repuso John Cort con acento terminante. ¿ ¿Pero por qué? ¿Porque es inútil fatigarse caminando en busca de lo que se tiene al alcance de la manö ¿ ¡Bah! Ya verás, querido amigo. El Gobierno Federal de los Estados Unidos reclamará uno de estos días su parte en el postre africano. Si hay un Congo francés, otro belga, y otro alemán, hay un Congo independiente que sólo espera la oportunidad de dejar de serlo. Y a esto cabe agregar la enorme extensión sin explorar que llevamos ya tres meses recorriendö ¿Explorando como curiosos y no como conquistadores, Max.

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  4. El País de las Pieles
    1. Jules , Verne

    El País de las Pieles

    Aquella noche ¿17 de marzo de 1859¿ el capitán Craventy daba una fiesta en el fuerte Confianza. Que la palabra fiesta no evoque en la mente del lector la idea de un sarao grandioso, de un baile de corte, de una zambra ruidosa o de un festival a gran orquesta. La recepción del capitán Craventy era mucho más modesta, a pesar de lo cual no había perdonado sacrificio para darle la mayor brillantez posible. En efecto, bajo la dirección del cabo Joliffe, el espléndido salón del piso bajo habíase transformado. Aún se veían las paredes de madera, hechas con troncos apenas labrados, horizontalmente dispuestos; pero, disimulaban su tosca desnudez cuatro pabellones británicos, colocados en los cuatro ángulos, y panoplias formadas con armas tomadas del arsenal del fuerte. Si las largas vigas del techo, rugosas y ennegrecidas, descansaban sobre sus estribos groseramente ajustadas, en cambio, dos lámparas, provistas de sus reflectores de hoja de lata, se balanceaban como dos arañas al extremo de sus cadenas, y proyectaban una luz muy suficiente a través de la atmósfera cargada de la sala. Las ventanas eran estrechas; algunas parecían troneras; sus vidrios, blindados por una espesa escarcha, desafiaban la curiosidad de la vista; pero dos o tres trozos de percalina encarnada colocados con gusto, llamaban la atención de los invitados. El piso estaba formado por pesados maderos yuxtapuestos que el cabo Joliffe había barrido con esmero en gracia a la solemnidad.

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  5. El País de las Pieles
    1. Jules , Verne

    El País de las Pieles

    ¡El fuerte Esperanza, fundado por el teniente Jasper Hobson en los límites del océano Glacial Ártico, había derivado! ¿Se había hecho acreedor el valeroso agente de la Compañía a algún reproche? No, por cierto. Cualquier otro hubiérase engañado como él. Ninguna previsión humaba podía haberle puesto en guardia contra una eventualidad semejante. ¡Creyendo edificar sobre roca había edificado sobre arena! La porción de territorio que forma la península Victoria, y que los mapas más exactos de la América inglesa representaban unido al continente americano habíase separado de él bruscamente. La península no era en realidad más que un inmenso témpano de 150 millas cuadradas de superficie, sobre el cual los aluviones sucesivos habían formado en apariencia un terreno sólido, en el que no faltaba ni vegetación ni tierra vegetal. Ligado al litoral hacía millares de siglos, el terremoto del 3 de enero había roto sin duda sus lazos, y la península se había convertido en isla; pero en isla vagabunda y errante, arrastrada desde tres meses atrás por las corrientes a través del océano Ártico.

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  6. El Faro del Fin del Mundo
    1. Jules , Verne

    El Faro del Fin del Mundo

    El sol iba a desaparecer detrás de las colinas que limitaban el horizonte hacia el oeste. El tiempo era hermoso. Por el lado opuesto, algunas nubecillas reflejaban los últimos rayos, que no tardarían en extinguirse en las sombras del crepúsculo, de bastante duración en el grado 55 del hemisferio austral. En el momento que el disco solar mostraba solamente su parte superior, un cañonazo resonó a bordo del ¿avisö Santa Fe, y el pabellón de la República Argentina flameó. En el mismo instante resplandecía una vivísima luz en la cúspide del faro construido a un tiro de fusil de la bahía de Elgor, en la que el Santa Fe había fondeado. Dos de los torreros del faro, los obreros agrupados en la playa, la tripulación reunida en la proa del barco, saludaron con grandes aclamaciones la primera luz encendida en aquella costa lejana. Otros dos cañonazos siguieron al primero, repercutidos por los ruidosos ecos de los alrededores. La bandera fue luego arriada, según el reglamento de los barcos de guerra, y el silencio se hizo en aquella Isla de los Estados, situada en el punto de concurrencia del Atlántico con el Pacifico.

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  7. El Dueño del Mundo
    1. Jules , Verne

    El Dueño del Mundo

    La línea de montañas paralela al litoral americano del Atlántico del Norte, la Virginia, la Pensilvania y el Estado de Nueva York, lleva el doble nombre de montes Alleghanys y de montes Apalaches. Está conformada por dos cadenas distintas: al oeste están los montes Cumberland, y al este las Montañas Azules. Este sistema orográfico, el más importante de esta parte de la América del Norte, se desarrolla en una longitud de 900 millas aproximadamente, o sea, unos 600 kilómetros; no rebasa 6000 pies de altura media, y su punto culminante está determinado por el monte Washington. Esta especie de espinazo, cuyas dos extremidades se sumergen, la una en las aguas del Alabama y la otra en las del Saint Laurent, no solicita especialmente la visita de los alpinistas. Su arista superior no se perfila en las altas zonas de la atmósfera; así es que no ejerce la poderosa atracción de las soberbias cimas del antiguo y del nuevo mundo. Sin embargo, existe un punto en esta cadena al que los turistas no hubiesen podido llegar, pues es por decirlo así, inaccesible. Pero aunque hasta entonces hubiese sido desdeñado por los ascensionistas, el Great-Eyry no iba a tardar en provocar la atención y aún la intranquilidad públicas, por razones muy particulares, que debo dar a conocer en los comienzos de esta historia.

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  8. El Dueño del Mundo
    1. Jules , Verne

    El Dueño del Mundo

    La línea de montañas paralela al litoral americano del Atlántico del Norte, la Virginia, la Pensilvania y el Estado de Nueva York, lleva el doble nombre de montes Alleghanys y de montes Apalaches. Está conformada por dos cadenas distintas: al oeste están los montes Cumberland, y al este las Montañas Azules. Este sistema orográfico, el más importante de esta parte de la América del Norte, se desarrolla en una longitud de 900 millas aproximadamente, o sea, unos 600 kilómetros; no rebasa 6000 pies de altura media, y su punto culminante está determinado por el monte Washington. Esta especie de espinazo, cuyas dos extremidades se sumergen, la una en las aguas del Alabama y la otra en las del Saint Laurent, no solicita especialmente la visita de los alpinistas. Su arista superior no se perfila en las altas zonas de la atmósfera; así es que no ejerce la poderosa atracción de las soberbias cimas del antiguo y del nuevo mundo. Sin embargo, existe un punto en esta cadena al que los turistas no hubiesen podido llegar, pues es por decirlo así, inaccesible. Pero aunque hasta entonces hubiese sido desdeñado por los ascensionistas, el Great-Eyry no iba a tardar en provocar la atención y aún la intranquilidad públicas, por razones muy particulares, que debo dar a conocer en los comienzos de esta historia.

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  9. El Castillo de los Cárpatos
    1. Jules , Verne

    El Castillo de los Cárpatos

    Como se comprende, los sucesos referidos no eran los más a propósito para calmar el terror que reinaba en Werst. Ya no había duda. No eran vanas amenazas las que lanzó la sombra parlante, que diría el poeta, y que se oyeron en la sala del Rey Matías. La temeridad y desobediencia del joven Nic Deck habían tenido el anunciado castigo. ¿Acaso no era esto una advertencia dirigida a todos aquellos que intentaran seguir su ejemplo? ¿Qué había que deducir de aquello? Un formal entredicho de penetrar en el castillo de los Cárpatos. El que lo intentase, arriesgaría la vida. Era seguro que si el guardabosque hubiera franqueado la muralla, no hubiese vuelto a la aldea. De aquí que el espanto fuese más completo que nunca en Werst, en Vulcano y en todo el valle de los dos Sils. En todas partes se hablaba de emigrar, y algunas familias de tsiganes lo hicieron antes de permanecer en las proximidades del castillo. Ahora que ya se sabía que servía de refugio a seres maléficos, dado el carácter de aquella gente, era pedirles demasiado que se quedasen allí. No había más remedio que marcharse a otra región, a menos que el gobierno húngaro se decidiese a destruir la inabordable fortaleza.¿Pero era el castillo destructible por los humanos medios?

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  10. El Castillo de los Cárpatos
    1. Jules , Verne

    El Castillo de los Cárpatos

    Esto no es una narración fantástica; es tan sólo una narración novelesca. ¿Es preciso deducir que, dada su inverosimilitud, no sea verdadera? Suponer esto sería un error. Pertenecemos a una época donde todo puede suceder. Casi tenemos el derecho de decir que todo acontece. Si nuestra narración no es verosímil hoy, puede serio mañana, gracias a los elementos científicos, lote del porvenir, y nadie opinará que sea considerada como leyenda. Por otra parte, no se inventan leyendas a la terminación de este práctico y positivo siglo XIX; ni en Bretaña, la comarca de los montaraces korrigans. ni en Escocia, la tierra de los browNics y de los gnomos, ni en Noruega, la patria de los ases , de los elfos , de los silfos y de lis valquirias , ni aun en Transilvania, donde el aspecto de los Cárpatos se presta por sí a todas las evocaciones fantásticas. No obstante, conviene hacer notar que el país transilvano está todavia muy apegado a las supersticiones de los antiguos tiempos. M. de Gérando ha descrito estas provincias de la extrema Europa. Eliseo Reclus las ha visitado, pero ninguno de los dos ha dicho nada que se relacione con la curiosa narración objeto de este libro. ¿La conocieron? Tal vez, pero acaso no han querido dar fe a la leyenda. Esto es sensible, pues la hubieran referido, el uno con la precisión del historiador, el otro con aquella poesía natural en él y derramada en sus relaciones de viaje.

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  11. El Camino de Francia
    1. Jules , Verne

    El Camino de Francia

    De qué manera y en qué estado entramos mi hermana y yo en el hotel de las Armas de Prusia; lo que hablamos y lo que pensamos por el camino, no lo sé; en vano he tratado muchas veces de recordarlo. Probablemente no cambiaríamos una sola palabra. Si se hubiera podido notar la turbación que llevábamos, seguramente hubiéramos infundido sospechas. No hubiera sido preciso más para ser conducidos ante las autoridades. Se nos hubiese interrogado, acaso nos hubiesen detenido, si llegaban a descubrir qué lazos nos unían a la familia Keller. En fin, no sé cómo, llegamos a nuestra habitación sin haber encontrado a nadie. Mi hermana y yo quisimos conferenciar antes de ver a M. y Mlle. de Lauranay, a fin de ponernos de acuerdo sobre lo que convenía hacer. Allí estábamos los dos, mirándonos como tontos, agobiados, sin atrevernos a pronunciar una sola palabra. - ¡Pobre desgraciado! ¿Qué ha hecho? - exclamó al fin mi hermana. -¿Que qué ha hecho? (respondí.) Lo que hubiera hecho yo y cualquiera en su lugar. M. Juan ha debido ser maltratado, injuriado por ese Frantz...., y le habrá herido; esto debía suceder más tarde o más temprano. Si yo hubiera hecho otro tanto.

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  12. El Camino de Francia
    1. Jules , Verne

    El Camino de Francia

    Yo me llamo Natalis Delpierre. He nacido en 1761 en Grattepanche, una aldea en la Picardía. Mi padre era labrador, y trabajaba en las tierras del marqués de Estrelle. Mi madre lo ayudaba en cuanto podía, y mis hermanas y yo hacíamos lo que mi madre. Mi padre no poseía ninguna clase de bienes de fortuna; y era tan desdichado en esto, que no debía tener jamás nada propio. Al mismo tiempo que cultivador era chantre en la Iglesia del pueblo; chantre de los llamados «confiteor», pues tenía una fuerte y hermosa voz, que se oía desde el pequeño cementerio contiguo a la iglesia hubiera, pues, podido ser cura, lo que llamamos un clérigo de misa y olla. Su voz es todo cuanto yo he heredado de él, o poca cosa más. Mi padre y mi madre trabajaron duro. Los dos han muerto en el mismo año; en el 79. ¡Dios haya acogido sus almas! De mis dos hermanas, la mayor, llamada Firminia, tenía cuarenta y cinco años por la época en que han pasado las cosas que voy a referir; la pequeña, Irma, cuarenta; yo, treinta y uno. Cuando nuestros padres murieron, Firminia estaba casada con un individuo de Escarbotin, Benoni Fanthomme, simple obrero cerrajero, que no pudo jamás llegar a establecerse, aunque era bastante hábil en su oficio. En cuanto a familia, en el 81 tenían ya tres chiquillos, y aun algunos años más tarde vino un cuarto a unirse a los anteriores. Mi hermana Irma había permanecido soltera, y sigue siéndolo. Yo no podía contar, por consiguiente, ni con ella ni con los Fanthomme para que me protegieran y me prestaran ayuda a fin de crearme una posición. Yo me la he creado solo completamente, y de este modo, en los últimos años de mi vida, he podido servir de algo a mi familia.

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