Resultaten voor 'vern'

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  1. Viaje al Centro de la Tierra
    1. Jules , Verne

    Viaje al Centro de la Tierra

    El domingo 24 de mayo de 1863, mi tío, el profesor Lidenbrock, regresó precipitadamente a su casa, situada en el número 19 de la König-strasse, una de las calles más antiguas del barrio viejo de Hamburgo. Marta, su excelente criada, se azaró de un modo extraordinario, creyendo que se había retrasado, pues apenas si empezaba a cocer la comida en el hornillo. «Bueno» pensé para mí, «si mi tío viene con hambre, se va a armar la de San Quintín porque dificulto que haya un hombre de menos paciencia». ¿¡Tan temprano y ya está aquí el señor Lidenbrock! ¿exclamó la pobre Marta, llena de estupefacción, entreabriendo la puerta del comedor. ¿Sí, Marta; pero tú no tienes la culpa de que la comida no esté lista todavía, porque aún no son las dos. Acaba de dar la media en San Miguel. ¿¿Y por qué ha venido tan pronto el señor Lidenbrock? ¿Él nos lo explicará, probablemente. ¿¡Ahí viene! Yo me escapo. Señor Axel, hágale entrar en razón. Y la excelente Marta se marchó presurosa a su laboratorio culinario, quedándome yo solo.

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  2. Un Drama en Livonia
    1. Jules , Verne

    Un Drama en Livonia

    Aquel hombre estaba solo en la oscuridad de la noche. Caminaba con paso de lobo entre los bloques de hielo almacenados por los fríos de un largo invierno. Su pantalón fuerte, su khalot, especie de caftán rugoso de piel de vaca, su gorra con las orejeras bajas, apenas le defendían del viento. Dolorosas grietas resquebrajaban sus labios y sus manos. Los sabañones mortificaban sus dedos. Andaba a través de la oscuridad profunda, bajo un cielo cubierto de nubes bajas que amenazaban con copiosa nevada, a pesar de que la época en que comienza este relato era los primeros días de abril, si bien a la elevada latitud de 58 grados. Se obstinaba en seguir andando. Después de una parada, tal vez se viera imposibilitado de continuar su marcha.

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  3. Robur el Conquistador
    1. Jules , Verne

    Robur el Conquistador

    ¡Pam! ¡Pam!Ambos tiros partieron casi a un tiempo. Y una vaca que pasaba a cincuenta pasos de distancia recibió una de las balas, a pesar que nada tenía que ver con la cuestión.Afortunadamente los dos adversarios resultaron ilesos.¿Pero quiénes eran aquellos dos caballeros? Se ignora y, sin embargo, hubiera sido aquélla una ocasión sin duda de guardar sus nombres para la posteridad. Todo cuanto se sabe es que el de más edad era inglés, y el otro, norteamericano. Lo que era fácil de indicar es el sitio en que el inofensivo rumiante había comido su último manojo de hierba. Era en la orilla derecha del Niágara, cerca de ese puente colgante que une la orilla de los Estados Unidos con la orilla canadiense, a unas tres millas más arriba de las cataratas.El inglés se acercó entonces al americano y le dijo: - ¡Sigo sosteniendo - ¡No! ¡Era YankeeLa disputa iba a interpuso; sin duda, enque era el Rule Britannia! Doodle!- replicó el otro.comenzar de nuevo, cuando uno de los testigos se interés del ganado, y dijo:- Supongamos que era el Rule Doodle y el Yankee Britannia, y vamos a almorzar.

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  4. París en el Siglo XX
    1. Jules , Verne

    París en el Siglo XX

    El 13 de octubre de 1960, una parte de la población de París se reunía en las numerosas estaciones del ferrocarril metropolitano, y se dirigía por los distintos ramales hacia el antiguo emplazamiento del Campo de Marte. Era el día de la distribución de premios en la Sociedad General de Crédito Instruccional, enorme establecimiento de educación pública. Su excelencia, el Ministro de Embellecimientos de París, debía presidir la ceremonia. La Sociedad General de Crédito Instruccional reflejaba perfectamente las tendencias industriales del siglo: lo que cien años antes se llamaba "progreso", había conseguido un desarrollo inmenso. El monopolio, ese non plus ultra de la perfección, tenía en sus garras al país entero; se multiplicaban las sociedades, se fusionaban, se organizaban; habrían asombrado a nuestros padres por sus inesperados resultados. No faltaba el dinero. Los ferrocarriles habían pasado de manos particulares a las del Estado. Abundaban los capitales y más aún los capitalistas a la caza de operaciones financieras o de negocios industriales.

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  5. La Vuelta al Mundo en Ochenta Días
    1. Jules , Verne

    La Vuelta al Mundo en Ochenta Días

    "La Vuelta al Mundo en Ochenta Días" es una novela de aventuras escrita por Julio Verne, publicada por primera vez en 1872. La historia sigue a Phileas Fogg, un caballero inglés meticuloso y reservado, que apuesta con los miembros de su club que puede dar la vuelta al mundo en solo ochenta días. Acompañado por su leal sirviente francés, Passepartout, Fogg emprende un viaje lleno de desafíos y contratiempos. La travesía los lleva a través de Europa, Asia, América y más, utilizando diversos medios de transporte como trenes, barcos y elefantes. A lo largo del camino, enfrentan obstáculos naturales, problemas técnicos y la persecución del detective Fix, quien sospecha que Fogg es un ladrón de bancos. La novela explora temas como la innovación tecnológica de la época, el choque cultural y la perseverancia. A medida que la historia avanza, los personajes desarrollan una relación más profunda, y Fogg demuestra que su apuesta no solo es una cuestión de dinero, sino también de honor y determinación personal. La obra es un reflejo del optimismo del siglo XIX hacia el progreso y la globalización, y sigue siendo una de las novelas más populares de Verne.

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  6. La Isla del Tío Robinson
    1. Jules , Verne

    La Isla del Tío Robinson

    La porción más desértica del océano Pacífico es esa vasta extensión de agua, limitada por Asia y América al oeste, al este por las islas Aleutianas y las Sandwich al norte y al sur. Los barcos mercantes casi no se aventuran en este mar. No hay al parecer ningún punto en el que pudiera hacerse una escala de emergencia y las corrientes son allí caprichosas. Los buques de navegación de altura, que transportan productos desde Nueva Holanda hasta América Occidental, navegan en latitudes más bajas; sólo el tráfico entre Japón y California podría animar esta parte septentrional del Pacífico pero todavía no es muy importante. La línea transatlántica que hace el servicio entre Yokohama y San Francisco sigue un poco más abajo la ruta de los grandes círculos del globo. Se puede decir en consecuencia que allí, entre los cuarenta y los cincuenta grados de latitud norte, existe lo que se puede llamar "el desierto". Quizás algún ballenero se arriesga alguna vez en este mar casi desconocido pero cuando lo hace pronto se apresura a sortear la cintura de las islas Aleutianas a fin de penetrar en el estrecho de Bering, más allá del cual se refugian los grandes cetáceos, encarnizadamente perseguidos por el arpón de los pescadores.

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  7. La Estrella del Sur
    1. Jules , Verne

    La Estrella del Sur

    ¿De Alice, señor. Mi demanda parece, sorprenderos. Dispensadme pues si no acierto a explicarme en qué puede pareceros extraordinaria. Como sabéis, me llamo Méré. Bien, actualmente, cuento veintiséis años y soy ingeniero de minas, salido con el número dos de la Escuela Politécnica. Mi familia es sumamente honrada, si bien carece de fortuna. El cónsul de Francia en el Cabo podrá confirmar cuanto os digo, si así lo deseáis, lo mismo que mi amigo Barthés, el valiente cazador que ya conocéis, como todos en Griqualandia. Estoy aquí con una misión científica por cuenta de la Academia de Ciencias y del Gobierno francés. En este último año he conseguido el premio Houdart, en el Instituto, por mis trabajos sobre la formación química de las rocas volcánicas de la Auvernia. Mi memoria acerca de la cuenca diamantífera del Vaal, que casi he concluido, no puede menos de ser bien acogida por el mundo ilustrado. Al dar término a mi misión, seré nombrado profesor adjunto de la Escuela de Minas de París, y he ordenado que alquilasen para mí un piso en la calle de la Universidad, 104, piso tercero. Mi sueldo se elevará a comienzos de enero próximo a cuatro mil ochocientos francos. No es una riqueza, bien yo lo sé; pero con el producto de otros trabajos personales, con visitas periciales, con premios académicos y colaboración en revistas científicas, este sueldo casi ha de doblarse. Agregaré que siendo mis gustos bastante modestos, no se necesita más para ser feliz. Caballero, os lo repito: tengo el honor de pediros la mano de vuestra hija.

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  8. La Ciudad Flotante
    1. Jules , Verne

    La Ciudad Flotante

    Llegué a Liverpool el 18 marzo de 1867. El Great Eastern debía zarpar a los pocos días para Nueva York, y acababa de tomar pasaje a su bordo. Viaje de aficionado, ni más ni menos. Me entusiasmaba la idea de atravesar el Atlántico sobre aquel gigantesco barco. Contaba con visitar el norte de América, pero esto era sólo accesorio. El Great Eastern ante todo; el país celebrado por Cooper, después. En efecto, el buque de vapor a que me refiero es una obra maestra de arquitectura naval. Es más que un barco, es una ciudad flotante, un pedazo de condado desprendido del suelo inglés y que, después, de haber atravesado el mar, debía soldarse al continente americano. Me figuraba aquella masa enorme arrastrada sobre las olas, su lucha con los vientos a quienes desafía, su audacia ante el importante mar, su indiferencia a las expresadas olas, su estabilidad en medio del elemento que sacude, como si fueran botes, los Wario y los Sollerino. Pero mi imaginación se quedó corta. Durante mi travesía, vi todas estas cosas y otras muchas que no son del dominio marítimo. Siendo el Great Eastern no sólo una máquina náutica, sino un microscopio, pues lleva un mundo consigo, nada tiene de extraño que en él se encuentren, como en otro teatro más vasto, todos los instintos, todas las pasiones, todo el ridículo de los hombres.

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  9. Escuela de Robinsones
    1. Jules , Verne

    Escuela de Robinsones

    ¿¡Se vende isla al contado, sin gastos, al último y mejor postor!¿, repetía una y otra vez, sin tomar aliento, Dean Felporg, comisario tasador de la subasta en que se debatían las condiciones de esta venta singular. ¿¡Isla en venta, isla en venta!¿, repetía con voz más y más sonora el pregonero Gingrass, que iba y venía por entre una multitud en verdad excitadísima. Multitud, efectivamente, que se apretaba en la vasta sala del hotel de ventas del número 10 de la calle Sacramento. Allí había no sólo cierto número de americanos de los estados de California, Oregón y Utah, sino también algunos de esos franceses que forman una buena sexta parte de la población, mejicanos envueltos en su sarape, chinos con sus túnicas de largas mangas, zapatos en punta y gorro cónico, canacos de Oceanía e incluso pies-negros, vientres abultados, o cabezas-planas procedentes de las riberas del río Trinidad. Nos apresuramos a decir que la escena tenía lugar en la capital del estado californiano, en San Francisco, pero no en la época en que la explotación de nuevos placeres atraía a los buscadores de oro de ambos mundos, de 1849 a 1852. San Francisco ya no era lo que había sido al principio, un caravasar, un desembarcadero, una posada en que se detenían por una noche los atareados que se apresuraban hacia los terrenos auríferos de la vertiente occidental de la Sierra Nevada. ¡No! Desde hacía unos veinte años, la antigua y desconocida Yerba-Buena había dado lugar a una ciudad única en su género, poblada por cien mil habitantes, construida al respaldo de dos colinas por haberle faltado sitio en la playa del litoral, pero del todo dispuesta a extenderse hasta las últimas alturas de lo más lejano; una ciudad, en fin, que ha destronado a Lima, Santiago, Valparaíso, todas sus otras rivales del Oeste, de la que los americanos han hecho la reina del Pacífico, la ¿gloria de la costa occidental¿.

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  10. El Volcán de Oro
    1. Jules , Verne

    El Volcán de Oro

    Un terremoto, muy localizado por lo demás, acababa de conmocionar la parte de Klondike comprendida entre la frontera y el Yukon y atravesada por el curso medio del Forty Miles Creek. Se había sentido hasta una media legua río arriba del otro lado de la frontera. Aunque Klondike no está expuesto a movimientos sísmicos frecuentes, sus entrañas encierran conglomerados de cuarzo, rocas eruptivas, lo que indica que las fuerzas plutónicas la trabajaron en la época de su formación. Esas fuerzas dormidas se despiertan a veces con una violencia extraordinaria. Además, por toda esta región de las montañas Rocosas, cuyas primeras ramificaciones nacen en las proximidades del círculo polar ártico, se levantan volcanes cuya completa extinción no es segura. En todo caso, en el distrito no hay mucho que temer de eventuales terremotos o erupciones, pero no ocurre lo mismo con las inundaciones debidas a las crecidas súbitas de los arroyos en la época en que se funden las nieves. En efecto, Dawson-City no se ha librado de estos desastres. Si no el Yukon, al menos su tributario, el Klondike, que separa la ciudad de sus arrabales, se ha desbordado, llevándose el puente que los une. El territorio del Forty Miles Creek había sufrido un doble desastre. La completa remoción de su suelo traía consigo la destrucción de las parcelas en una extensión de varios kilómetros a ambos lados de la frontera. La inundación había provocado un desvío del río, que se había cavado un nuevo lecho a través del barranco, al norte del 127 y del 129. Incluso parecía probable que toda explotación se hubiera vuelto imposible.

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  11. El Volcán de Oro
    1. Jules , Verne

    El Volcán de Oro

    El 18 de marzo, en el antepenúltimo año de este siglo, el cartero que cumplía sus funciones en la calle Jacques-Cartier en Montreal entregó en el número veintinueve una carta dirigida al señor Summy Skim. La carta decía: "El señor Snubbin saluda al señor Summy Skim y le ruega pasar sin tardanza a su estudio por un asunto que le interesa". ¿Con qué propósito quería ver el notario al señor Summy Skim? Este lo conocía, como todo el mundo en Montreal. Era un hombre excelente, un consejero seguro y prudente. Canadiense de nacimiento, dirigía el mejor estudio de la ciudad, el mismo que sesenta años antes tenía por titular al famoso señor Nick, cuyo verdadero nombre era Nicolás Sagamore, huronés de origen, patrióticamente implicado en el terrible asunto Morgaz, cuya resonancia fue muy considerable hacia 1837. El señor Summy Skim se sorprendió mucho al recibir esta carta, pues no tenía ningún asunto en el estudio de Snubbin. Acudió sin embargo al llamado. Media hora después llegaba a la plaza del mercado Bonsecours y era introducido en el gabinete del señor Snubbin, que lo esperaba.

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  12. El Soberbio Orinoco
    1. Jules , Verne

    El Soberbio Orinoco

    A las ocho de la mañana del 2 de octubre, las piraguas Gallinetta y Moriche, después de descender por el brazo que sigue a la derecha de la península de Atabapo, remontaban el curso del Alto Orinoco bajo un favorable viento de Noroeste. La víspera, después de la conversación del sargento Marcial y de Jacques Helloch, el primero no podía rehusar al segundo el permiso para que les acompañase, a su sobrino y a él, hasta la misión de Santa Juana. Ahora el secreto de Juana de Kermor era conocido por aquel que la había salvado, y no tardaría en serlo por Germán Paterne. Hubiera sido difícil que tal revelación no se efectuase, y hasta era preferible que lo fuera, dadas las circunstancias en las que iba a hacerse la segunda parte del viaje. Pero los dos jóvenes sabrían guardar el secreto con Miguel, Felipe, Varinas, Mirabal y el gobernador de la provincia. Al regreso, si las pesquisas producían el resultado apetecido, el coronel De Kermor tendría el placer de presentarles a su hija. Convínose también que ni Valdez, ni Parchal, ni ninguno de los marineros de las piraguas serían enterados de los últimos sucesos. Por lo demás, sólo aprobación merecía el hecho de que el sargento Marcial hubiera hecho pasar a Juana por sobrino suyo, en la esperanza de evitar las dificultades de la campaña, y lo mejor era no modificar tan prudente conducta. Pintar la estupefacción, el abatimiento primero, y después la cólera del viejo soldado cuando Jacques Helloch le hizo conocer que había descubierto el secreto, sería completamente inútil, pues sin gran trabajo se comprenderán.

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